Semana de terror en el Hotel Portillo


Comentarios y cuentos de Ricardo Salvador.-  Corría el año santo de 1958 y faltaban pocos días para que Eugenio Pacelli que con el nombre de Pius XII gobernaba con mano de hierro la que para entonces era la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana rindiera su vida ante el Todopoderoso, cuando mi padre tuvo la poco sensata idea de llevarnos a mi hermano Juan y a mí, a pasar una semana en el Hotel Portillo, un prestigioso centro de esquí situado en Los Andes chilenos, a dos kilómetros de la frontera con Argentina,

Mi padre esquiaba que era un primor y no era de extrañar, puesto que se iba todos los fines de semana a Farellones, un lugar provisto de excelentes pistas y que contaba para entonces con confortables refugios. Además se podía llegar en coche desde Santiago. Mi hermano y yo, por el contrario, éramos unos negados para la práctica del deporte blanco.

La cosa es que después de un largo viaje en tren desde Viña del Mar donde residíamos y que nos significaron hacer trasbordos en las ciudades de La Calera y Los Andes, llegamos en un convoy al que llamaban Trasandino que unía Chile con Argentina, al hotel de marras. Al llegar, pese a que habíamos iniciado el viaje de madrugada, estaba anocheciendo y créanme que sesenta años después, aún recuerdo ese precioso hotel iluminado que se destacaba en las penumbras entre las siluetas mortecinas de unas altas montañas cubiertas de blanco. Tampoco puedo olvidar la laguna del Inca, que se extendía en apariencia a los pies de la edificación.

La cosa para no entrar tanto en mayores e innecesarios detalles, es que se iniciaron para mi padre, para Juan y para mí, siete días de verdadero terror, pero por diferentes motivos.

Agotados como estábamos, Juan y yo, decidimos no cenar, obligando a mi padre a imitarnos para no dejarnos solos.

Mientras me desvestía para ir a dormir, inquietos por un extraño sonido que podríamos comparar con gemidos angustiados que provenían del exterior del hotel, vi una mancha oscura en mi camiseta, a la altura de mi pecho. Pregunté a mi padre qué era aquello e inopinadamente, mintió´.

-Es una araña.

Coño. Mejor que me hubiese dicho que era lo que era, es decir un hilo marrón, porque dando verdaderos alaridos, salí corriendo por los pasillos, subiendo y bajando plantas, seguido por un cada vez más numeroso grupo de personas que salían curiosas, algunas, y atemorizadas las más, a ver qué propiciaba aquel tremendo escándalo. Al final unos camareros me dieron alcance en el comedor, donde apuraban sus postres y cafés los últimos comensales del día. SIGA ESTE ENLACE

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