Jordi Ballart. ¿Un alcalde sin partido?


casi1Hacía algún tiempo que no tenía la oportunidad de conversar con Jordi Ballart. La última vez durante las fiestas de mi barrio, en julio. Antes, cuando diseñaba la lista que le acompañaría en las municipales del 2015.

Este martes, nos hemos reunido para tomar un café en el Frankfurt Cafetería Juanito de Can Parellada y aparte de que ya no es alcalde, en lo demás, afabilidad, amabilidad, dominio de la palabra, ideas claras, cercanía y otras características que le son propias, sigue siendo el mismo.

Dos aspectos me sorprendieron. El primero, antes de percatarme del segundo, es la popularidad de la que disfruta; más diría, que cuando ocupaba la posición de elección popular más importantes del municipio. Su presencia en el establecimiento no pasó desapercibida ni nadie fue mezquino a la hora de expresarle su apoyo, y pocos se cortaron para pedirle que volviera a ser alcalde, como si fuese cosa de una varita mágica.

Con tantos años cerca de la política a través del periodismo, me ha resultado extraño ese carisma del que disfruta Ballart, ya que usualmente un político sin partido es como un general retirado, que sigue disfrutando -o no- de prestigio, pero no de poder. Solamente lo mantienen aquellos pocos que han sido favorecidos con el don del liderazgo.

He intentado excavar entre sus palabras, su locuacidad franca es el otro factor sorpresivo, para atisbar algún posible proyecto de cara a su futuro político, pero ignoro si por cautela o simplemente porque aún no se lo ha planteado no he podido llegar a otra conclusión como no sea que tras el brillo que asoma en su mirada al tocar el tema, no sería descartable.

La base popular para cualquier retorno y con seguridad triunfante a las huestes de la cosa pública, es amplia. Lo había percibido a través de las redes sociales y hoy lo he ratificado al ver el calor humano que genera.

He conversado, resumiendo, con una persona normal, que me ha esbozado sus actividades actuales, sus proyectos personales, sus esperanzas, alegrías, pero también sus decepciones o  asombros, interrumpido de vez en cuando por mis acotaciones u otras, por los constantes e ilusionados “¡Jordi!” conque le saludaban los que iban entrando al local.

Algo me dice que Ballart, si se lo planteara seriamente, podría llegar, rompiendo el esquema de la casta política, a ser el primer alcalde de Terrassa sin más partido que la voz del pueblo.

Así es la vida. Así son y así están las cosas.

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