lm1Al margen del catálogo de edificios modernistas de Terrassa, construidos a finales del siglo XIX y principios del XX, hay otras muestras de cómo este estilo también impregnó el gusto de una sociedad no tan acostumbrada al lujo. Las residencias, almacenes y fábricas de la burguesía terrasense llegaron a causar la admiración de propios y extraños. Resulta obvia la ostentación de algunos almacenes en los que los fabricantes locales exhibían sus preciadas telas a posibles compradores, algunos de ellos auténticos palacios de dimensiones megalómanas, como es el caso del almacén Pascual Sala, hoy sede de la Confederación Patronal CECOT . No es de extrañar que esta admiración llegara también a las clases sociales menos acomodadas, y que se dejaran seducir por la estética más o menos atrevida que algunos arquitectos imprimían en sus obras con los criterios estéticos del modernismo. Muchas viviendas de obra popular empezaron también a incorporar pequeños elementos ornamentales propios de esta corriente arquitectónica y es que comerciantes y obreros encargaron la construcción a maestros de obra (también a arquitectos) que, a pesar de contar con presupuestos muy reducidos) dedicaron una parte a la estética.

Antes de que el gran Lluís Muncunill u otros arquitectos como Melcior Viñals o Josep Maria Coll i Bacardí dejaran su huella modernista en la ciudad, algunos maestros de obra habían llevado a cabo una ingente tarea, y no sólo en la construcción de obra popular sino también con aportaciones a la ejecución de proyectos de más relieve. Su obra no tenía nada que ver con el modernismo, ya que las tendencias de la época seguían más influencias neoclásicas no exentas de cierto eclecticismo. Entre estos maestros se encontraban Joan Carpinell, Jaume Comerma o Miquel Curet. Al primero de ellos debemos el precioso Almacén Cortés y Prats, edificio singular que une modernismo y neoclasicismo en su factura. Obra de Comerma son algunas viviendas conocidas como Casas Pere Comerma, ubicados en la calle del Norte; mientras que Curet llegó a ser arquitecto municipal y proyectó el soterramiento de la riera del Palau y el ensanche. A él se debe además la imponente Casa Mariano Ros.

Con la irrupción del Modernismo los trabajos desarrollados por varios maestros de obras -pero también por arquitectos reputados- para dotar a estas clases menos adineradas de viviendas fueron adquiriendo también las trazas del nuevo estilo y sus trabajos posteriores comenzaron a adoptar elementos ornamentales del modernismo que pervivieron incluso en aquellas que fueron construidas décadas más tarde.

Paseando por la ciudad, si miramos con atención, descubriremos este espíritu modernista también en las rejas de algunos balcones, los remates de algunas viviendas o en pequeñas ornamentaciones. La mayoría de estas casas son pequeñas muestras de la obra popular del momento, austeras en su concepto; con fachadas revocadas sin mayor adorno, pero con algún qué otro pequeño “homenaje” al modernismo. En los números 56, 60, 62 y 64 de la calle Avinyó encontramos un claro ejemplo. Se trata de las llamadas Cases del Dimoni, promovidas en 1925 por Juan Llach Masdeu, albañil de profesión. Fueron construidas por Josep Renom i Costa, quien en ese momento era arquitecto municipal de Sabadell. Su peculiaridad es el coronamiento ondulado muy en la línea modernista, pero también la ubicación de un patio en la fachada frontal y con escaleras de acceso al edificio, al estilo inglés. Se proyectaron cinco viviendas de las que hoy en día quedan 4 y sólo una de ellas se ha rehabilitado.

A tan sólo unos metros de ellas, en el número 30 de la misma calle, encontramos otro ejemplo. El detalle del remate del edificio es también aquí lo que define la influencia modernista, con un contorno sinuoso que, además, incluye un óculo ovalado que combina con los dos pequeños respiraderos que podemos observar bajo el mismo. Al igual que las Casas del Demonio, esta modesta construcción es también obra de Renom, aunque fue promovida un año antes por Lorenzo Rovira Ricart, obrero de profesión, para construir su hogar.

Pero aún encontraremos una más sorprendente en el número 10 de la carretera de Rellinars. Se trata de un interesante ejemplo que sigue el estilo propio de Muncunill, con el uso del ladrillo como motivo ornamental y la piedra vista como recubrimiento de la fachada. El coronamiento dentado del edificio resulta especialmente esclarecedor, al igual que el resalte del contorno de las aberturas de la vivienda, mediante la utilización del ladrillo rojo típico del modernismo más industrial. Igualmente interesante es el trabajo de forja que se aprecia en la pequeña barandilla de la ventana y en el lucernario que hay sobre la puerta. La vivienda data del año 1917 y junto a ella hay un edificio de multipropiedad de construcción muy posterior, cuya planta baja sigue el mismo esquema que esta vivienda.

Si nos desplazamos hasta la Rambla de Ègara podremos encontrar otras muestras de este influjo modernista no catalogado, como la que encontramos en el número 219, donde hace décadas que existe una agencia de viajes. La vivienda data del año 1924 y es un claro ejemplo de arquitectura modernista, con una fachada que simula sillares, en la que destaca una apertura con balcón de sencilla forma ondulada. Es en la decoración del coronamiento del edificio donde más sobresalen las características del modernismo, con un arco parabólico muy apuntado que deja en su interior un espacio abierto en forma ovoide, que aparece flanqueado por dos pilastras a modo de falsos obeliscos. Dos hojas de palma adornan el dintel de la puerta que da acceso al balcón, y otros motivos vegetales rematan el conjunto.

No muy lejos de allí encontramos otra propuesta, en la que tal vez el influjo modernista sea menos claro, aunque mantiene su espíritu. La vivienda se encuentra en el número 131 de la calle Nicolau Talló y data del 1926. En el coronamiento se apostó por las líneas rectas, formando dos “V”. El zócalo irregular con enlucido granulado, utilizado a modo de moldura sobre la puerta y la ventana es otro de sus sellos distintivos.

Y finalmente, para concluir este paseo por “las otras casas modernistas”, en el número 6 de la calle Comte Borrell, cerca de donde se encuentra la casa Salvador Carreras, de Antoni Pascual i Carretero, podremos contemplar otro ejemplo de obra popular donde la huella del modernismo se dejó ver. En este caso también por medio de una especie de frontón ondulado que corona el edificio, en cuyo centro se encuentra un relieve con motivos florales decorativos.

En décadas posteriores el regusto modernista, quedó en detalles como la elaboración de forjados para rejas, eso sí, quizás más esquemáticos, que mantenían en su aspecto formal pequeñas decoraciones florales y ondulaciones propias del modernismo. Las encontraremos por todo el centro de la ciudad. Sólo hay que prestar atención. Y es que la ciudad, ya sea por la herencia de talleres de cerrajería, ya sea por nostalgia, nunca quiso decir adiós définitivamente a ese periodo tan creativo de su historia arquitectónica, al que hoy rinde homenaje con la preservación de parte de su patrimonio arquitectónico y con su conocida Feria Modernista.

JOSÉ LUIS MONTOYA / ARQUITERRASSA

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