En pleno centro de Terrassa hallamos un curioso ejemplo de la nueva arquitectura modular basada en el uso de contenedores marítimos como elementos sobre los que se vertebra el proyecto constructivo. Se trata de un caso único hasta ahora en la ciudad que ha suscitado cierta controversia entre quienes están a favor de las propuestas de corte más tradicional, debido a su agresiva imagen industrial y colorida; homenaje, por otra parte, a la tradición fabril y comercial de Terrassa. Ubicado en el número 16 de la calle Grànius, este edificio residencial es, en realidad, parte de un conjunto de dos viviendas conectadas interiormente por un amplio jardín con piscina y un sótano. En ellas reside la familia de un empresario dedicado a la importación de bienes de consumo, que aceptó la arriesgada propuesta planteada por el estudio Duran Arquitectes para crear un concepto dual basado en la interacción de dos modelos en coexistencia armónica.

Explica Jordi Comas, responsable del gabinete de arquitectos creador del proyecto, que la idea surgió del deseo de seguir experimentando con este tipo de construcción modular, ya que Duran Arquitectes acababa de construir en Matadepera una vivienda en planta baja a partir de contenedores. Sin embargo, el equipo de arquitectos terrassense deseaba desarrollar un proyecto basado en planteamientos de verticalidad, apilando contenedores en lugar de ubicarlos en paralelo. Con todo, había que contar con la aquiescencia del promotor, quien posiblemente por su actividad empresarial, vio con buenos ojos la original propuesta: “El propietario se dedica al comercio internacional y viaja mucho; le planteamos que para el ala destinada a las habitaciones de sus hijos era interesante resolver el proyecto con esta solución y se avino a hacerlo“, señala el arquitecto.

El proyecto contemplaba edificar en el solar que se extiende entre las calles Grànius y Volta dos volúmenes constructivos separados y con identidad propia. Para el bloque dedicado a los miembros más jóvenes de la familia se optó por una propuesta más informal, que integra soluciones constructivas contemporáneas con dos contenedores marítimos tipo high cube estratégicamente situados. El uso de dichos contenedores, además de responder a criterios de eficiencia energética y economía de recursos, es también una solución estética que busca impactar. Los contenedores industriales aportan colorido y textura a la fachada del bloque que los alberga, además de cumplir su función constructiva: alojar las habitaciones de los hijos de los propietarios del inmueble. Asimismo se hibridan perfectamente con  el material elegido para el revestimiento de la fachada: una pieza de equistone que abunda en la ilusión óptica de la fachada de aspecto metálico.

El solar que acoge el edificio de contenedores es de grandes dimensiones, ocupa cuatro casales, una superficie de 412 metros cuadrados según el Catastro, y un volumen edificado de 933. Por lo tanto, planteaba también al proyecto una cuestión económica insoslayable. En ese sentido, el uso de la arquitectura modular para uno de esos dos bloques de viviendas no fue tan solo una solución creativa, sino una forma de reducir el presupuesto.

“Perseguíamos una imagen”, explica Jordi Comas, quien añade: “El conjunto edificado tenía muchos metros cuadrados; de manera que para ese ala queríamos unos costes más reducidos, sin renunciar a nada en términos de eficiencia energética”. En ese sentido, destaca que el conjunto logró obtener la certificación energética “A”. Dicho calificativo reconoce a las construcciones que registran un consumo energético anual inferior a  50Kw/m2. Obtener la etiqueta “A” de eficiencia energética implica que un edificio cuenta con un buen aislamiento térmico, entre otros parámetros como la instalación de calderas más eficientes (como las de biomasa), electrodomésticos y equipos de aire acondicionado de bajo consumo, o sistemas de iluminación tipo led.

Por otra parte, y teniendo en cuenta que los contenedores se utilizaron para construir el ala juvenil de la gran vivienda, Comes explica que otro de los parámetros que se tuvieron en cuenta a la hora de elegir esa solución constructiva fue la posibilidad de reinventar el proyecto en un futuro: “Queríamos que, llegado el día, tal vez cuando los hijos se vayan de casa, fuera fácilmente desmontable” para dar otro uso a esa parte de la finca.

En lo que respecta al volumen que tiene su acceso por la calle Volta, se optó por una estructura diáfana que permite espacios y alturas libres de gran consideración y que genera jardines y terrazas para uso y disfrute de sus habitantes. Junto a la escalera que distribuye las diferentes plantas se dispuso un interesante lucernario ajardinado en su base, que aporta luz a la parte más oscura de la vivienda, dando así contrapunto a la entrada de luz que recibe desde el amplio jardín que comunica los dos grandes volúmenes constructivos. Este espacio, destinado al matrimonio propietario del inmueble, dispone también de una pequeña terraza con piscina de uso privado. 

La fachada de ese volumen es también de concepto contemporáneo y contrasta con algunas de las viviendas de la emblemática calle, muchas de las cuales datan de principios del siglo pasado, por lo que tienen factura modernista y novecentista en muchos casos. Su concepto es simple y racional, destacando el constraste que ejerce el uso de la madera en las lamas que protegen las aberturas, dispuestas de forma asimétrica. Para el revestimiento de la planta baja se recurrió a piezas de acero, mientras que el primer piso se resolvió con planchas del denominado Sistema de Aislamiento Térmico Exterior (SATE), que le confieren un aire entre cerámico y pétreo, pero que en realidad persigue una función de eficiencia energética.

JOSÉ LUIS MONTOYA / ARQUITERRASSA