Pese a que hace varias jornadas que entraron en funcionamiento los nuevos autobuses en esta Terrassa, convertida por la casta política,  en una especie de transparente “país de las maravillas”, todavía no he tenido la suerte, por vivir en un barrio humilde, de subirme a uno. Casi siempre me toca ir de un sitio a otro en esa chatarra que compraron en Badalona o en la otra chatarra que ha tenido su génesis en un dudoso mantenimiento.

Esta mañana, sin ir más lejos, cuando aún suenan las fanfarrias lanzadas al viento por la puesta en servicio de los nuevos vehículos híbridos, he viajado en un autobús con la puerta trasera condenada y me preguntaba… ¿Y si hay un incendio en este autobús?

Y mi respuesta no me ha tranquilizado para nada, porque además de haber terminado convertido en parrilla, como la carne de gallo viejo, la mía tampoco por lo dura, hubiese servido en la vianda.

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