Es una tradición que todos los ayuntamientos, tanto los buenos como los malos como el nuestro, en el que las etéreas abstracciones ocupan el tiempo y oficio de un ente que más parece un Club o Asociación de Amigos del Centro, comiencen con indisimulado desespero a hacer lo que en cuatro años han ido haciendo tan ‘despacito’, como la canción de Luis Fonsi, aunque con menos ritmo y gracia.

Y ese nervioso proceder parece que tiene su origen en una antigua creencia infantil que nacía  en el fantasioso hecho de que las elecciones las ganaba el candidato o partido que más carteles pegaba por las calles. La evolución y la insensata sensatez reconvirtió aquella creencia en la de pensar que cada hueco que se tape, cada paso peatonal que se pinte o cada zona de carga y descarga que se remarque, significan una cantidad de votos determinada. Y así, en un visto y no visto, cuando se acercan los procesos electorales, la ciudad se llena de parches de asfalto y pinturas blancas y amarillas que la llena del aroma a nuevo que se aspira más o menos cada cuatro años.

La mala suerte para los actuales administradores urbanos, así como los de allá y acullá, es que lo que no se ha hecho en cuatro años, menos se puede hacer en cuatro meses y si además en los tradicionales barrios abandonados, se producen percances como, por ejemplo, socavones como ha ocurrido, se hace más difícil convencer a los ciudadanos que son buenos, siendo en realidad malos, porque queda al descubierto la falta de mantenimiento básica. Una falta de mantenimiento que podrìa haberse solventado, dedicando un poco más de tiempo al extrarradio en perjuicio, por citar algo, de la calzada de la Rambla de Ègara, anualmente remozada, aparentemente sin ninguna garantía y, como las madres, dedicar equitativamente, una carantoña a cada uno de los miembros de su prole.

Dios quiera que el 26 de mayo, el votante, deje por una vez de pensar en los colores políticos, que los partidos no son clubes de fútbol,  y lo haga en la ciudad y en quien o quienes su instinto le indique que no harán de la política su oficio y lucrativo sostén y les importe sobre todo ella, es decir, la ciudad.

Así es la vida. Así son y así están las cosas.

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